La prometida tierra perdurable

Por Julia Rosemberg

Julia Prilutzky Farny escribió el poema “La patria” en 1949. No fue su primera escritura, tampoco la última. Vendrán con el tiempo poemas de amor que serán los que le otorguen, finalmente, un reconocimiento que nunca será del ámbito literario. Nacida en Ucrania en 1912, estudió en Argentina música y derecho y desde muy joven trabajó en revistas y diarios. Formó parte de las peñas Eva Perón, un conjunto de intelectuales y personalidades de la cultura que se reunían generalmente en el Hogar de la empleada, a conversar sobre peronismo, arte y poesía. Muchas veces en presencia de la propia Eva.

¿Qué es la patria para una mujer que vivió en un país diferente al que había nacido? En el poema que tiene como tema central a la patria, la autora decide definirla por dos componentes centrales, por dos subtítulos: “Tierra” y “La conquista”. Tierra e historia, indisolubles. La presencia de la conquista a lo largo del poema nos advierte que refiere a más de un episodio en particular. A la llegada de los españoles en el siglo XVI, y la conquista de tierras y pueblos. Pero también a la lograda en mayo de 1810, la conquista de la patria. Conquistas que tuvieron a la tierra como escenario y como botín. Conquistas hechas con “lágrimas”, “sangre” y “dolor”. “Desgarradora”.

Muy lejos de la imagen de desierto, a lo largo del poema la presencia de la naturaleza es acompañada una y otra vez por sujetos: conquistadores, pobladores y trabajadores de la tierra. La conquista de la patria no se habría logrado sin “la montonera” (“No se ha dicho bastante, todavía,/ cuánto debe la patria a su guapeza,/ a su ardor primitivo,/ a su barbarie ingenua,/ a su tremenda santidad salvaje,/ a su misma violencia”). En lugar de cantarle a los ganados y las mieses, es decir, a la tierra mercantilizada, esta poeta disputa el sentido de patria colocando en el centro a la tierra como lucha. Pero la conquista para Prilutzky Farny, no es algo únicamente del pasado. “Es dura la conquista./ Cada día comienza” es el final de este poema. ¿Qué conquistas eran las de 1949?

Poco tiempo antes, el 17 de octubre de 1944, por decreto se instauró el Estatuto del Peón impulsado por el secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón. Hasta ese entonces, mediados del siglo XX, los trabajadores rurales de nuestro país carecieron de instrumentos legales que fijaran condiciones mínimas de trabajo. Se trataba así de uno de los sectores más excluidos históricamente tanto del mundo del trabajo como de la distribución de la riqueza. Se mantenían formas de trabajo y de vida, tradiciones y costumbres de otros tiempos. Establecida la colonia, estas tierras fueron destinadas a la extracción de recursos para la exportación. La naturaleza y la mano de obra que la trabajaba se consolidaron desde entonces como los productores de una riqueza de la que no hacían usufructo. Expropiados, ni siquiera eran dueños del suelo que trabajaban, porque la concentración de enormes extensiones en pocas manos fue la norma. A fines del siglo XIX comienza lo que algunas miradas consideran el período de oro de la historia argentina, la del granero del mundo, en el que la explotación de la tierra y sus trabajadores serán la base no explícita del apogeo de la clase dominante. El paraíso perdido en la historia de los sectores conservadores de nuestro país: explotar las grandes dimensiones de tierra sin leyes laborales, extraer sus materias primas y venderlas al primer mundo, al que gustaban creerse emparentados. Poco tiempo después de sancionado el Estatuto del Peón, Perón dijo: “la Constitución del 53 abolió la esclavitud, pero lo hizo teóricamente, porque no es menor la esclavitud de un hombre que en el año 44 trabaja para ganar 12, 15 ó 30 pesos por mes”.

El estatuto estaba integrado por 30 artículos en los que se establecía un salario mínimo, normas de desenvolvimiento higiénico, alojamiento, alimentación, descanso, vacaciones pagas, indemnización por despido sin causa justificada y asistencia médica y farmacéutica a cargo del empleador. Medida que fue resistida por los sectores productores, los voceros de la Sociedad Rural dirán que la nueva legislación “habrá de sembrar el germen del desorden social, al inculcar en gentes de limitada cultura aspiraciones irrealizables y colocar al jornalero por encima del mismo patrón en comodidades y remuneraciones”.

Para el historiador Félix Luna de todas las medidas tomadas por el peronismo el Estatuto del Peón fue la que más ira despertó ya que “clausuraba el estilo paternalista del quehacer campero y estipulaba en artículos concretos los derechos y deberes de cada parte, normando lo que hasta entonces estaba sólo determinado por la buena voluntad del patrón. Y esto era lo inadmisible, lo que creaba un precedente que no podían admitir todos lo que habían visto en su estancia un recinto inviolable y exclusivo donde sólo se hacía lo que el dueño ordenaba. Lo peligroso no era el salario aumentado sino el nuevo concepto que ahora se afirmaba en la mentalidad del peón: que sobre la voluntad del patrón, antes omnímoda, ahora existía una voluntad superior que lo estaba protegiendo”.

Como respuesta, envalentonado después del 17 de octubre del 45, en un discurso pronunciado en campaña electoral en enero de 1946 en Santa Fe, Perón dirá “la tierra a quien la trabaja”. No tuvo lugar en Argentina una reforma agraria, no se redistribuyó la tierra. Pero sí hubo un momento de nuestra historia en donde el vínculo colonial impuesto a la tierra y a sus trabajadores parecieron tener un freno.

Si el subsuelo del extractivismo es la plusvalía, el de la patria, en cambio, la tierra de sus trabajadores sublevados. No hay extracción de la plusvalía sin la fragmentación y disociación de las memorias populares, de modo tal que mientras las clases dominantes acumulan, las populares son de algún modo obligadas a pelear descalzadas de las formas de lucha por ellas mismas construidas en el pasado. Por eso la patria se conquista día a día y por eso volver al poema de Prisluzky Farny es poner un límite también a ese carácter succionador del extractivismo en el terreno de la política y de las memorias.

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