Nancy Fraser: libertad para qué y para quiénes

Una de las teóricas y ensayistas feministas más renombradas y originales de estos tiempos, advierte sobre los deseos de autonomía entendidos en clave neoliberal: la libertad sin igualdad y sin justicia social es violencia.

Por Micaela Cuesta

La libertad hoy, más que nunca, devino terreno de disputa. En su nombre se reproducen prejuicios, se trafican derechos y se fraguan utopías. Tras la libertad sin más como bandera se entroniza al individuo, se celebra la propiedad y se abjura de toda forma de estatalidad. 

La libertad, como fetiche, se erige en santo y seña para ahuyentar cualquier intervención, regulación e institución que ose limitar las injusticias que produce el mercado, la explotación del empresario, la prepotencia de los dueños de la internet. 

Separada de los pares conceptuales que la dotaban de sentido, fraternidad e igualdad, la libertad se desboca y en su galope frenético arrasa con las demandas de justicia social, de mayor equidad, de dignidad de las vidas. La libertad, sobre todo la neoliberal, socava aquello que podría fundarla: el lazo social, la sororidad, el reconocimiento de la múltiple interdependencia.

Que el lenguaje de la libertad sea movilizado para justificar las violencias y reproducir las injusticas nos habla de su dimensión pública. El lenguaje de la libertad no está a salvo de la tergiversación ni tampoco de ser usado en un sentido que corrompe, incluso, el espíritu que originariamente la informaba. 

Con Nancy Fraser es posible leer en estos usos de la libertad su “morada oculta”: las diversas amarras que hoy nos atan a situaciones de opresión, de expoliación, de heteronomía. Podemos ensayar una lectura sintomática y afirmar que tanto más deseamos la libertad cuánto más presos nos sentimos de las circunstancias que nos oprimen. Pero no advertimos que al postularla como fin último e independiente reproducimos esas mismas condiciones de las que buscamos desesperadamente escapar. Fraser nos ayuda a reflexionar sobré qué libertad estamos dispuestos a defender, libertad de quién, para qué y para quiénes.

Si consideramos, como lo hace Rawls -uno de los mejores exponentes del liberalismo según señala la propia Fraser- que la libertad sólo florece en un terreno abonado por la justicia, debemos ser capaces de identificar las experiencias de injusticias que impiden que aquella germine.  Dice Fraser: “La injusticia es claramente un asunto de victimización objetiva, una relación estructural en la que unos explotan a otros, negándoles el estatus moral como sujetos de justicia. Pero el daño se agrava cuando el explotado carece de los medios para interpretar como injusta su situación, lo que puede deberse a una manipulación deliberada […] Pero también puede recurrirse a medios más sibilinos, como cuando una esfera pública, aparentemente democrática, se halla dominada por discursos individualizadores culpabilizadores de las víctimas, que no aluden, o aluden sólo marginalmente, a perspectivas estructurales” (Fraser, 2020: 195).

Es quizás esta última atmósfera la que nos envuelve. En ella es preciso recordar que libertad sin igualdad y justicia social es violencia.  Que libertad sin ejercicio pleno de derechos es opresión. Que libertad sin autonomía de decisión es mera ilusión. Y que pocas veces romper cadenas se pareció tanto a condenarse a cadena perpetua.

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