ENTREVISTA A LUCÍA LIJTMAER POR SU LIBRO “OFENDIDITOS”

¡Qué carácter!

“Ofendiditos”, “puritanas”, “corrección política” son categorías que han empezado a poblar el discurso público no solo en España. La periodista Lucía Lijtmaer explora en su libro Ofendiditos el alcance de ese insulto y de un clima social donde ronda la sensación de que “ya no se puede decir nada”.

Por Dolores Curia


¿Es cierto eso de que “ya no se puede decir nada”? ¿Son los feminismos, los activismos lgbtti, indígenas, antirracistas, los responsables de un clima en el que reina la mordaza? La periodista y escritora argentina, criada en Barcelona, Lucía Lijtmaer parte de algunos de los términos que vemos en la prensa y en el discurso contemporáneo, como “autocensura”, “corrección política”, “nuevo puritanismo”, “caza de brujas del siglo XXI”, para pensar nuestra crispación de época. Y sobre todo profundiza en la palabra que da título a su libro -que ya lleva 8 ediciones y que llega ahora por primera vez en Argentina a través de Anagrama: Ofendiditos, un insulto cada vez más presente en la conversación de masas en España. Este ensayo escrito por alguien que además es la conductora del late night Deforme semanal y autora también de una novela que llega por estos días a nuestro país, Cauterio, explora las verdaderas amenazas a la libertad de expresión. 

Lo que dice Lijtmaer es que esas amenazas no vienen de las feministas enojadas o de quienes sienten la ofensa a flor de piel, sino del poder político, legislativo y económico concentrado. Señalar despectivamente al ofendidito, advierte, es una coartada para atentar directamente contra el derecho a la protesta.

 

Ofendiditos empieza con una historia (mínima) real. Lucía Lijtmaer y su amigo salen del gimnasio comentando la belleza de uno de los profesores. ¿Será gay? ¿Estará disponible? Enseguida lo stalkean en las redes sociales. El amigo se ilusiona porque no hay mujeres a la vista, solo vida deportiva y salidas nocturnas con otros chicos de su edad: tiene chances. Lucía le retruca que de todas esas fotos juntas no se puede deducir casi nada del profesor porque, dice, a muchos varones heterosexuales en verdad no les gustan las mujeres. No tienen amigas, no las consideran entre sus referencias culturales, casi no hay huellas de ellas en sus vidas cotidianas. Una generalización al paso, un chiste privado. Al amigo le resulta ocurrente el comentario y pide permiso para postearlo en Facebook y cita a su autora. Entonces brota una catarata de personas que dicen que están “hartas de los ofendiditos”, que “not all men”, que la anécdota resulta “despectiva para los varones heterosexuales”. Lucía responde algunos comentarios hasta que le llega uno que dice: “Estoy cansada de este feminismo que está lleno de misantropía y oculta una censura soterrada”. Y piensa: “Me acaban de bautizar, soy una neopuritana”. 

La piel fina

“Ofendiditos”, “puritanas”, “corrección política” son categorías que han empezado a poblar el discurso público en las redes sociales no solo en España. Se puede decir que forman parte de un nuevo léxico porque el modo en el que hoy se acusa a alguien de ser “puritana” no es exactamente el mismo que se usaba históricamente para describir a quienes comulgaban con un credo “calvinista y protestante que pretendía purificar las prácticas católicas”. Este nuevo sentido del puritanismo emerge en los 90, de la mano de autoras como la académica norteamericana Elizabeth Fox-Genovese -primero, feminista marxista y luego conservadora y antiabortista- para indicar una “restricción moral y de costumbres” que opera mediante un “señalamiento de conductas sexualmente inapropiadas, censura de obras y autores de acuerdo a una nueva moralidad y la perpetua victimización e infantilización de todas las mujeres”.

¿Cómo definirías a esos ofendiditos? 

 Aquellos seres que tienen la piel muy fina, que no entienden las bromas a la primera ,que se ofenden porque sus causas son muy suyas”. Así los describen los “Fieros Analistas”, quienes se quejan de que “ya no se puede decir nada”. Se describen a sí mismos como políticamente incorrectos.

¿Fieros Analistas? 

L.L.: Aquellos que de ninguna manera quieren perder su lugar central en el discurso público. Opinadores consagrados, con la tribuna de los grandes medios. No se están dando cuenta de que el mundo está cambiando, de que hay nuevas sensibilidades.

¿Por qué decís que se está errando al señalar la fuente de la censura y que no se quiere mirar directamente a la cara a quienes la ejercen de verdad?

L.L.: El otro día estaba viendo un artículo en New York Times que enumera los libros que se ha intentado prohibir en las bibliotecas públicas de Estados Unidos. Son libros de Toni Morrison. Son libros relacionados con activistas afroamericanos e historias y autores lgbti. La verdadera censura hoy nada tiene que ver con esta idea que se tiene de un neopuritanismo: quiénes están practicando ahora mismo una censura o un intento de censura real, incluso en países que abogan por una total libertad de expresión, son los sectores de ultraderecha, cada vez más fuertes en Estados Unidos. Ya hay estudios al respecto, así como yo cito a Dinero oscuro, el libro de Jane Mayer que investiga cómo las grandes familias de Estados Unidos financian el neoconservadurismo a través de fundaciones islamofóbicas, antimigrantes, supremacistas, ya hay estudios sobre quiénes están financiando a la cultura incel.

Incel es la abreviatura en inglés de «célibe involuntario» y se refiere a una subcultura de personas que se definen a sí mismas como «incapaces de conseguir una pareja romántica o sexual a pesar de desearla». La insignia une a jóvenes varones blancos, en su mayoría heterosexuales, para conformar una suerte de fuerza de choque de la masculinidad hegemónica para agredir -tanto en el universo online como offline- a feministas, organizaciones de DDHH, antirracistas, etc. Los caracteriza un estado que va desde el desconcierto hasta el odio frente a movimientos en el status quo de las jerarquías de género, se victimizan sobre todo frente a los feminismos y se quejan de que “no puede decir nada sin ser acusados de misóginos u homófonos”. Sostienen que hay una nueva inquisición… una forma de ver el presente muy en sintonía con los Fieros Analistas a los que se refiere Lucía Lijtmaer en su libro.

Podemos hablar

Una de las tesis más potentes de este libro de Lijtmaer, que también ha publicado Casi nada que ponerte y Yo también soy una chica lista, es que las formas de rebelión contra la mordaza de lo “políticamente incorrecto” que sacan a relucir, analistas, comentaristas y otros voceros de las derechas de nuestros días funcionan como escudo detrás del cual se dan permiso de añorar una sociedad en caja, el orden natural de las cosas. Ese que existía antes de que los feminismos, los movimientos de la diversidad entre otras expresiones de los activismos del siglo XXI, llegaran a desordenarlo todo. Y que lo que está en juego en este tipo de discusiones no es en verdad la libertad de expresión sino el derecho a la protesta. Ya que las amenazas más peligrosas para Lijtmaer contra la libertad de expresión provienen del “poder y de estos analistas que de algún modo defienden su territorio”. 

El chiste está puesto en la mira. ¿Qué opinás de la libertad o no de reírse de cualquier cosa? 

L.L.: Yo creo que cada cual tiene que poder hacer los chistes que mejor le parezca, cuando quiera y cómo quiera. Lo que me sorprende es que esos mismos humoristas que se sienten censurados por los ofendiditos no cuestionen cuando el que censura es el poder económico. Y que se confunda con censura el uso de las redes sociales, la gente opinando, diciendo si algo no les gusta. Eso es algo muy diferente a la censura. Lo que está en juego aquí son las reacciones de quienes no quieren perder su posición central en el discurso.

En el libro explorás las redes sociales como un espacio que permite democratizar la palabra para quienes no son opinadores consagrados. Pero no mencionás que sirven como caldo de cultivo para discursos de odio, fake news

L.L.: Yo me centré en la posibilidad que otorgan las redes para dar voz a quienes no tienen poder. Pero por supuesto el tema “incel” y todo el discurso de odio que circula es importantísimo. Ofendiditos es un ensayo breve así que me acoté a eso. Ese otro aspecto que mencionas me obsesiona ahora mismo, pero creo que tiene que ver más con una segunda etapa. Cuando lo escribí, en 2018, lo que más me interesaba era el uso del concepto de “censura” que se estaba haciendo desde los grandes poderes y los grandes analistas de medios como una respuesta al #MeToo y a los movimientos feministas tanto en Europa como en Latinoamérica. Me parecía que esa idea de una censura, que algunos llaman “post censura”, fantasmática, en la cual las feministas y los movimientos sociales son una especie de enjambre obturador de cualquier cosa políticamente incorrecta, como la llaman ellos, era algo sobre lo que teníamos que hablar. 

En Argentina por ahora no ha prendido tanto la palabra “ofendiditos”, pero sí puritanas, y el concepto de corrección política. Tenemos también “Fieros Analistas” locales, que si en algo han sido exitosos es en propagar un discurso atractivo que dice levantar la bandera del sentido común. ¿Cómo lo logran? ¿Por qué tienen éxito?

L.L: En España también ha tenido mucho éxito. Los columnistas que abogan por eso tienen la posibilidad de enarbolar esta idea del sentido común respecto a “los extremos”. Hay una palabra que me interesa mucho que es “extremo centro”. Consiste en generar un falso debate. El analista se sitúa en el centro como para demostrar que los dos extremos son igualmente defendibles o son dos partes enfrentadas. Es como si para hablar de racismo invitáramos un racista de un lado y a un antirracista del otro y el personaje del “extremo centrista” se sitúa en el medio. Y dice: “Bueno, las dos posturas tienen su parte de razón”. En temas como el racismo se vuelve medio ridículo porque es mucho más evidente la postura ideológica, pero en otros debates cala mucho más fácil en la población, por ejemplo, la idea de las denuncias falsas con respecto a la violencia machista. Ahora mismo tenemos aquí el debate, que ustedes han tenido desde otro lugar, con respecto al aborto y analistas que están planteando que hay que volver debatir el aborto otra vez. Entonces se sitúan en el medio como si esa fuese la postura racional y los dos extremos fueran lo mismo, cada uno desde su lugar y que lo racional es situarse en el centro. 

¿Por qué te parece que convoca tanto en muchos sectores de la juventud este discurso? 

L.L: Tiene que ver con la relación entre la extrema derecha con los medios de comunicación. En Argentina sé de comentaristas como Viviana Canosa, que ponen sobre la mesa debates que ya no son debates, que están cerrados, por ejemplo, respecto a la identidad de género y lo hacen de una manera tan simplista. Muchas veces recurren a fake news. Es el caso de los negacionistas de la vacuna anti covid por ejemplo, creo que hay una nueva ola de extrema derecha que está llegando Argentina un poquito más tarde de lo que llegó a España, porque es mucho más fácil que prenda desde los nacionalistas, desde los valores tradicionales. Eso genera un hueco en la juventud porque se apela a un pasado mítico, que no tiene por qué ser de hace muchos años, puede ser de hace 20 o 40 años. Se apela a la idea del pleno empleo, a los valores tradicionales de la familia, supuestamente, estructurada. Y se habla del presente como un desorden provocado por la teoría queer, los feminismos que han venido a desordenarlo todo y a confundir a la población. Entonces hay una parte de la población que tiene dificultades económicas y a la cual le resulta muy atractiva la idea de una nación fuerte y también la idea de un pasado fuerte con valores que te garantizaban, aunque no sea real, el pleno empleo y la idea de una familia unida y de una estructura, por eso me parece que es mucho más fácil gustar desde ese punto de vista con teorías, que se acercan al lepenismo francés o el falangismo español. No hay que perder de vista el enorme alcance que tiene la difusión de su mensaje. Vox, Bolsonaro, Salvini son primero sujeto de reportajes informativos y luego de entrevistas en las que pueden difundir su mensaje. Sus ideas comienzan a formar parte, muchas veces sin contrapunto, de la opinología del clic y de la mesa de análisis.

Cauterio versus cautiverio 

En Cauterio, la novela que se acaba de editar en Argentina (Anagrama), Lijtmaer también se hace preguntas sobre la libertad, sobre la de expresión, pero sobre todo sobre la libertad de movimiento. Cauterio está compuesta por dos monólogos que se van intercalando: Deborah Moody, inspirada en el personaje real conocida como la terrateniente fundadora de lo que después fue Brooklyn. “Es una mujer del siglo XVII, le habla a un dios propio, con toneladas de tierra encima, desde el más allá… o más el acá”. La otra es una treintañera sin nombre, que podría ser cualquier coetánea, desde la autora hasta muchas de sus lectoras, que subsiste a fuerza de pastillas pero haciendo todo lo que está a su alcance para colaborar con el fin del mundo -dejar luces encendidas, comprar muchas bolsas de plástico- como un modo de acercarse con granitos de arena a sus propios deseos de muerte. 

Ambas deben migrar: la primera en un barco desde Londres a las colonias de América del Norte. La segunda, de una Barcelona estrangulada por la gentrificación a una Madrid que describe como el infierno. Lo que tanto en una época como en otra se entiende por amor las dejó en el desamparo total, sobre todo material. Cómo cada una pone en juego su inteligencia para asegurarse la supervivencia económica va a ser uno de los puntos de contacto entre las dos historias que transcurren con cuatro siglos de diferencia. “Débora habla literalmente enterrada. Mientras que el personaje contemporáneo nos habla desde una caja de cristal, que es un edificio de oficinas en Madrid. Yo tenía la voluntad de hablar de la deslocalización de las protagonistas, qué pasa cuando a un personaje lo sacas de su ámbito conocido y lo trasladas hacia otro lugar. Son dos zombies en vida”, dice la autora.

¿Cómo fue la investigación previa, lecturas, disparadores a la escritura de la novela? ¿Cómo fue tu acercamiento a los sucesos de Salem, algo a lo que también le dedicás un lugar en Ofendiditos?

L.L: La investigación previa tiene que ver con el puritanismo, por supuesto está Salem. A mí siempre me ha interesado mucho el nuevo puritanismo, la idea de Nueva Inglaterra como un mundo fundado a partir de este terreno nuevo en el que supuestamente no hay nadie pero están los pobladores originarios de toda esa zona que después es EE.UU. Entonces estudié sermones de la época, lecturas que tienen que ver con la medicina tanto de la Inglaterra del siglo XVII como lo que después fueron estas comunidades puritanas, leí mucho sobre religión, sobre los usos y costumbres, cómo la gente vivía. Muchas de las mujeres que trabajaban eran parteras de oficio. Yo ya conocía a Anne Hutchinson, la amiga de Deborah, porque es un personaje conocido en la historia de EE.UU por haber sido doblemente expulsada, primero de Inglaterra y luego de la comunidad a la que ella va en Nueva Inglaterra, Massachusetts. Y a Deborah Moody la descubrí a través de Anne Hutchinson porque son contemporáneas. Me resultó sorprendente saber que las dos habían pasado por Salem, yo no tenía la intención de hablar de la caza de brujas ni de situarlo en ese momento porque en realidad ellas viven en Salem y en Massachussets unos treinta años antes de las brujas de Salem. Pero sí, está obviamente en el ambiente.

¿Qué te parece que significa para cada una de ellas la búsqueda de autonomía? ¿Y cómo pone cada una en relación la libertad con el amor y el dinero?

L.L.: Déborah es un personaje del siglo XVII, en ese contexto anglosajón, muy religioso. Es una mujer que había tenido dinero y que se lo habían arrebatado, y tiene que empezar de cero. Y para eso es muy importante que hable de lo material, de la obsesión con tener un pedazo de tierra y la libertad de movimiento, que sólo la tenía por ser viuda. Su compañera, Anne Hutchinson, también tiene libertad de movimiento porque es partera y tiene un oficio. Y ese tipo de mujeres fueron las más perseguidas años después por la caza de brujas, aquellas que tenían algo material y que entraron en las disputas territoriales, tanto en el “mundo nuevo” como en Europa. La relación con respecto al amor aparece muy clara en el discurso de cada una. Se nos enseña a las mujeres históricamente que el amor es lo más importante y que trasciende todo. Yo quería mostrar qué pasa cuando esa fantasía de futuro se rompe, cuales son los lazos que se pueden construir aparte del relato del amor total, y para eso ambas utilizan el margen que tienen de libertad enlazada a medios económicos que tienen a su disposición. 

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