Caroline Fourest, Generación ofendida, Editorial El Zorzal, 2021.

Más allá del victimismo

por Liliana Viola

Caroline Fourest, es una de las primeras que, desde el feminismo y el activismo lgbtti, asume el riesgo de analizar las consecuencias no deseadas de las políticas identitarias y el respeto por las diferencias. Desde la izquierda hacia la izquierda, el libro es una advertencia y también un grito de guerra. Lo dice así: «El problema del “derecho a la diferencia» es que, en lugar de borrar los estereotipos, los consolida y termina provocando una disputa entre identidades». 

Seguramente, los soldados de la resistencia patriarcal recibirán con aplausos este libro que por momentos tiene expresiones como “la tiranía de las ofensas” y usa demasiado la palabra “policía” para hablar de la resistencia a las violencias históricas, pero la invitación es pasar por alto estas etiquetas e ir en busca de la lucidez de una crítica que urge compartir y ampliar. La lectura en tándem con Ofendiditos, es un buen atajo. Porque detrás de toda esta crítica a la fiebre de las cancelaciones y a la entronización de las víctimas, aquí se despliega la gran pregunta sobre quiénes se benefician, quiénes salen estratégicamente de foco mientras construimos una “normalidad” de la victimización, y quienes, finalmente, se salen con la suya con el pretexto de defender a las minorías. Hasta qué punto la defensa de las identidades oprimidas está siendo usada como carta para volar por los aires a contrincantes políticos, tener un kiosco estatal a favor de las grandes luchas, vender más, multiplicar las opresiones, simplificar la diversidad. 

Este libro es una alerta, sin dudas generacional (Fourest nació en 1975), ante el avance de la generación de “les correctes” bien intencionades pero sin lecturas sobre la historia de las luchas del siglo XX.

Como bandera y como coraza, la autora francesa se ve en la obligación de aclarar desde el comienzo, desde dónde ataca: es feminista y, como lesbiana,  pertenece al colectivo lgbtti, a sus luchas y a sus reivindicaciones. También, podríamos decir, habla como francesa, de izquierda y, además, colaboradora de la revista Charli Hebdo. Sí, bueno, habla en nombre de la libertad, igualdad y fraternidad. La generación a la que se refiere es en gran medida “el presente”, pero también es el medio, es decir, las redes anónimas y virulentas donde se despliega la disciplina de la cancelación, donde ante la sospecha de un atentado contra las normas del bien, se produce la expulsión. ¿La discusión ha sido reemplazada por el pulgar para debajo de un dios 2.0? Y cuando habla de generación, se refiere a aquellas personas para quienes las consignas de “prohibido prohibir” de los años sesenta pertenecen a una prehistoria apenas repasada en lecciones escolares a olvidar. “Dedicamos más de quince años a explicarle a la juventud la diferencia entre reírse de la religión y de los fanáticos (lo cual remite a la libertad de expresión, legítima y necesaria) e incitar al odio hacia los musulmanes (que remite al racismo). A muchos millenials les cuesta identificar estos matices». 

A través de una desopilante y también espeluznante cadena de ejemplos en los que descolla la prohibición de una clase de yoga para no apropiarse desde occidente de una cultura ajena, va develando algo mucho más importante: en nombre de la defensa de derechos, se atenta contra la libertad de expresión, el mestizaje de ideas y de la imaginación al poder… 

 Las sociedades contemporáneas han colocado el estatus de víctima en lo alto del podio. Por buenos motivos. Invertir la relación de fuerzas, derrocar las dominaciones, tener en cuenta a los más débiles. Lo que ella llama una política identitaria, es algo así como una vuelta de 360 grados a los avances conseguidos. El respeto al origen de las producciones culturales, se ha vuelto un retroceso a los biológicos. 

El libro cumple con su función de señalar lo absurdo y también lo conservador de una lectura de la realidad que se basa en el estrecho concepto de lo políticamente correcto nacido en los claustros de Estados Unidos. Muy buen diagnóstico. Falta la autocrítica de izquierda para saber cómo se llegó hasta aquí, cuáles fueron las tentaciones y la holgazanería de los activismos, y sobre todo, cómo seguir abriendo fronteras. 

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