Patricia Aguirre, Devorando el planeta: Capital Intelectual, 2022.

Por Emilio Ruchansky

Nuestro planeta se está acabando. Al menos eso indica el último cálculo hecho en 2019 por la Global Footprint Network, la ONG que mide la tasa anual de nuestros consumos y desechos: “Actualmente la humanidad utiliza los recursos naturales un 75 % más rápido de lo que se renueva”, advierte el informe. El libro Devorando el planeta de la antropóloga argentina Patricia Aguirre analiza el rol de la industria alimentaria ante esta nueva realidad en la que no solo hemos superado la capacidad autodepuradora del planeta, sino que será imposible restablecer el equilibrio anterior, según señala en su investigación. 

“En la producción agroalimentaria la crisis no pasa por la disponibilidad, ya que hay suficiencia y estabilidad, sino que se vislumbra una crisis de sustentabilidad. Hoy existen suficientes alimentos para todos (los reciban o no), pero los modelos productivos en que se apoya este aumento de la disponibilidad no son sustentables y están poniendo en peligro tierra, agua y aire y a los mismos comensales”, afirma Aguirre, con 30 años de trayectoria en programas alimentarios del Ministerio de Salud de la Nación. 

La alimentación se relaciona directamente con el cambio climático y la contaminación. Importar productos comestibles implica quemar combustibles fósiles, el empaquetado para conservarlos y distribuirlos (generalmente de distintos plásticos) es lo que está contaminando los mares. Para ponerlo en números: “Al menos 25 por ciento de la emisión de gases invernadero corresponden al sector de la alimentación. Dentro de él, el 58 por ciento corresponde a la ganadería, y dentro de ella, la mitad a la producción de bovinos y ovinos”, dice la investigadora, citando un estudio de la Universidad de Oxford publicado en 2018.  

El panorama de nuestras comidas también muestra una homogeneización cada vez más profunda. Según Aguirre, “hamburguesas, bebidas azucaradas, caldos deshidratados, carnes enlatadas, salsas preparadas, harinas molidas y pastas secas, forman el corazón de la dieta en todo el mundo”. Se come mucho y mal. Y también se desperdicia. El 30 por ciento de las capturas de la pesca industrial se devuelven muertas al mar por no coincidir con el procesamiento buscado, por ejemplo. A este ritmo, dice la autora basándose en una investigación publicada en la revista Nature, en 2050 habrá un colapso de los mares, “cuando desaparezcan el 90 por ciento de las especies conocidas”.

Una posible reducción de estos daños pasa por volver a cocinar nuestra comida, con productos frescos, de estación y elaborados en la cercanía. En palabras de la autora: “Recuperar lo bueno que perdimos, mantener lo bueno que tenemos y cambiar lo que ha producido daño”. Esto implica consumir menos, “una frugalidad sin sobras”, reclamar un comercio justo y que el agua sea un bien social. También, si se logran las mejoras necesarias, ir hacia una piscicultura/acuicultura sostenible y reducir el consumo de carne bovina, por ejemplo, reemplazándola por legumbres. 

“La lógica de la ganancia del capitalismo no es el único valor posible para orientar la alimentación humana. La equidad, la justicia, la solidaridad, la salud y el cuidado, y el respeto por el medioambiente y por las generaciones por venir, podrían ser candidatos (aunque no los únicos valores posibles, son solo ejemplos para mostrar otros universos de sentidos que podrían muy bien guiar la transformación)”, dice Aguirre. La tarea no será sencilla. Del otro lado, hay 250 empresas que dominan el mercado de alimentos a escala planetaria para que nada cambie.      

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